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Es una de las decisiones más difíciles de tomar. Porque siempre implica riesgos. Sacarlo puede significar que entienda que las soluciones rápidas son mejores que enfrentar un problema. Dejarlo, que nadie lo puede ayudar. Las circunstancias personales, la edad y personalidad del niño, la dinámica familiar, la respuesta del colegio, dicen los especialistas, son claves para saber qué hacer.

Es la última opción. La última. Si su hijo es víctima del bullying en el colegio, recuerde esto y repítaselo cada vez que la incertidumbre arrecie: hay que intentarlo todo antes de tomar la decisión de cambiarlo a otro establecimiento.

Sobre esto, no hay duda ni divergencia. Si hay algo en lo que coinciden los especialistas es que sacar a un niño del colegio es la medida más radical, la que siempre implica riesgos y, por eso mismo, la medida final.

Pero, claro, así, en frío, resulta fácil decirlo. En medio de la situación, en cambio, trasladarlo aparece como una de las acciones más razonables, sobre todo porque el que llega llorando todos los días y sobrepasado por la circunstancias es un hijo. De hecho, así puesto, cambiarlo significa liberarlo de la angustia de enfrentar todos los días a sus abusadores.

El problema, dicen quienes han estudiado este tema, son las posibles secuelas de esa acción. Porque siempre las tiene. Y porque, aunque los padres no se den cuenta, cambiar a un hijo de colegio o no hacerlo es, quizás, la decisión más difícil de enfrentar dentro de la dinámica de matonaje.

¿Qué pasa si lo saca y lo que entiende el niño, entonces, es que hay que optar por soluciones rápidas más que por el valor de la perseverancia y el enfrentamiento de los conflictos?

Y al revés. Si no lo saca: ¿cuál es el costo de dejarlo en el colegio donde le hacen la vida imposible, a merced de sus agresores y pensando que sus padres no lo escucharon en el momento en que más los necesitaba?

Por todo esto es que si bien entre los especialistas hay consenso sobre los tiempos para hacerlo, no ocurre lo mismo sobre si es o no lo mejor. En cada caso pesan las circunstancias particulares, la edad y personalidad del niño, la dinámica familiar, la respuesta del colegio. Y explican que hay situaciones en las que lo mejor es trabajar con el colegio para ayudar a la víctima y mantenerla cerca de sus amigos, pero que hay otras que son sencillamente inaceptables y en las que la mejor opción es comenzar a buscar un nuevo establecimiento.

El momento más crítico del bullying se da entre cuarto y sexto básico, cuando comienzan las luchas de poder. Ahí se suceden los empujones, las amenazas y los sobrenombres hirientes, fenómenos que caracterizan una realidad muy extendida en Chile. Y a pesar de que en 2012 bajó por primera vez desde 2009, el número de denuncias ese mismo año nos ubicó, según la prueba Timss, entre los países con más bullying escolar, sólo superados por Tailandia, Qatar, Bahrein y Marruecos. Y según la Encuesta Nacional de Prevención, Agresión y Acoso Escolar, realizada por el Mineduc a estudiantes de octavo básico en 2011, uno de cada cuatro niños que es víctima de acoso, lo vive diariamente y se siente afectado por esta situación.



Las cifras son altas: 25%. Las posibilidades de que algún hijo sea la víctima, también. Y tener en cuenta eso es crucial, sobre todo en un momento como el actual, cuando existe una enorme hipersensibilidad respecto al tema. Porque de que el bullying existe, existe. Y daña el aprendizaje y la vida emocional de una gran cantidad de escolares. Pero igual de cierto es que, como dice Felipe Lecannelier, sicólogo y director del Centro de Estudios Evolutivos e Intervención en el Niño de la UDD, se trata de un concepto muy manoseado y en ocasiones, mal empleado. Si se pelean dos políticos, uno acusa al otro de bullying. Si un papá se entera de que su hijo tuvo un conflicto en el colegio, piensa inmediatamente que es bullying. El problema, dicen los expertos, es que cuando todo es bullying, nada es bullying. Es decir, no es fácil detectarlo y cuando es reconocible, los padres pueden no saber exactamente cuándo actuar ni qué medidas tomar para frenar el abuso.

Por eso, lo primero es tener clara la definición. Hablamos de matonaje cuando el abuso cumple con tres características claras: que el abusador tenga más poder físico o jerárquico dentro de un grupo que el abusado; que el niño víctima sea constantemente intimidado y, en tercer lugar, que la víctima no pueda escapar de la situación.

Cuándo dejarlo en el colegio

Según Jaime Retamal, doctor en Ciencias de la Educación, académico del Departamento de Educación de la Usach y asesor del proyecto que terminó convirtiéndose en la Ley sobre Violencia Escolar, hay situaciones de matonaje que no son graves y que pueden ser resueltas entre la familia y el colegio. De muestra, tres ejemplos. No es necesario iniciar una cruzada extrema cuando los hijos son agredidos en un contexto de competencia, como cuando juegan fútbol. Tampoco cuando reciben una agresión física o verbal en un contexto muy aislado, o sea, cuando las acciones no son reiterativas. Menos, cuando, ocasionalmente, les roban dinero o algún material.

En estos tres casos, los padres deben intervenir y recurrir a las autoridades del colegio, pero siempre entendiendo que la situación no es grave y que, incluso, puede ser una buena instancia para que los abusadores y las víctimas aprendan algo. Después de todo, “la agresión es una realidad en los colegios, pero también en la vida. Tienen que aprender a evitar riesgos y a solucionar conflictos”, dice Retamal.

Al respecto, dice a Tendencias el doctor Joel Habert, experto estadounidense en bullying, un padre sólo debe sacar a su hijo del colegio “si no puede asegurar su integridad física y emocional. Esto ocurre usualmente después de muchos incidentes de bullying que no han sido resueltos exitosamente. Siempre es mejor tratar de encontrar soluciones, de modo que el niño sienta que puede manejar el abuso antes de que se tomen medidas extremas como ésta”.

La razón está en que para un menor, abandonar su círculo es un evento traumático e incluso puede resultar, a la larga, peor. Según Erick Bellido, especialista en violencia escolar del Departamento de Apoyo y Acción Comunitaria de la PDI, cuando se saca a un niño que se volvió retraído a causa del abuso, los padres lo ayudan a lidiar con la situación puntual, pero a la larga también lo condenan a la soledad, porque quiebran su círculo de amistad. “Si bien en el curso pueden hacerle bullying, también lo protegen otros grupos: amigos de otros cursos, talleres, scout. Al sacarlos del colegio los proteges de los bullyineadores, pero les cortas las redes”.

Así lo entendió Isabel Vásquez. Su hijo Sebastián tiene 11 años y va en sexto básico, pero los abusos comenzaron cuando estaba en segundo. Todo partió porque no jugaba bien a la pelota y sus compañeros no lo incluían en los partidos de los recreos. Rápidamente ese aislamiento se trasladó a la sala de clases. En cuarto básico ya no sólo lo molestaban porque no jugaba fútbol, sino también porque hablaba bien y porque se ponía a llorar cada vez que lo molestaban.

“El ya no quería ir al colegio, me pedía no ir más. Es fuerte que te diga ‘no tengo amigos, me quiero ir; me quiero morir, porque no tengo amigos’. Se supone que es la época en la que mejor lo están pasando, pero para mí era escuchar que sonaba el teléfono y pensar que era el colegio, que alguna cosa le había pasado a Sebastián”.

Isabel y su marido decidieron hablar con las autoridades del establecimiento y exigir la formación del Comité de la Sana Convivencia, obligatorio en estos casos desde la promulgación de la Ley sobre Violencia Escolar, en 2011. La comisión se formó, pero las cosas no mejoraron para Sebastián y ya a comienzos de quinto básico, Isabel tenía una decisión firme: sacar a su hijo del colegio.

Dice que fue la sicóloga del colegio la que los hizo desistir de la idea. “Ella fue un buen apoyo, porque nos decía que no sacábamos nada con cambiarlo, que lo que teníamos que hacer era darle las armas para que enfrentara el tema, porque si no, era sólo trasladar el problema a otro lado”. Eso fue lo que hicieron. Comenzaron a negociar con el colegio, que se involucró más, y por su cuenta lo metieron a actividades como cursos de karate, lo que le dio seguridad y autoestima.

Además, un ítem olvidado: antes de tomar cualquier decisión, es importante escuchar lo que los hijos tengan que decir al respecto, por muy amedrentados que se sientan. Lo sabe Antonieta Aguirre (nombre cambiado). A mediados del año pasado, su hija Alejandra (13) fue víctima de un ciberbullying descarnado: unas compañeras consiguieron su clave de Facebook y mandaron mensajes a niños de otros colegios del tipo: “¿Te querís acostar conmigo…?”

Antonieta no consiguió mucho en el colegio. Es más, como ocurre en algunos casos, los apoderados no la apoyaron. ¿Conclusión? Este año había inscrito a su hija en dos colegios.

“Pero ella no quiso. Me dijo que no tenía ganas de cambiarse porque no era justo. Me dijo que ella iba a enfrentar el problema. La vi resuelta. La sicóloga me dijo que no la obligara… Me costó, pero le encontré sentido a que no se fuera como escapando. Hablé con ella y le dije que tenía que saber pelear contra eso si quería quedarse. A tres meses de empezar las clases, siento que fue mejor dejarla”.

Cuándo cambiarlo

Los especialistas reconocen que existen situaciones donde a los papás no les queda otro camino que buscar un nuevo establecimiento educacional.

Una de ellas es cuando el colegio no se hace cargo del problema. Más allá de que deben tener creado un Comité de la Sana Convivencia, la respuesta del colegio tiene que dejar clara la intención de resolver el problema en conjunto con los padres. Para eso, el primer paso es dar a conocer a los apoderados los protocolos estipulados por la misma institución para estos casos. No sirven las medidas a medias: hay colegios que ofrecen como gran solución cambiar al niño al curso paralelo.

El diálogo que se establezca entre los padres y el colegio es clave para tomar una decisión. “Si la relación entre ambos es cercana, los padres pueden confiar en que el colegio estará haciendo lo posible por superar el tema. Si no ocurre así, como papá difícilmente vas a encontrar una respuesta adecuada y vas a estimar que el colegio hace todo mal”, explica el sicólogo de la U. Alberto Hurtado, Christian Berger.

Eso fue lo que gatilló la decisión de Pilar González. El matonaje a su hija Dominique (13) comenzó cuando estaba en quinto básico. Era sólo una niña la que hostigaba a varias compañeras: les quitaba las colaciones, les rayaba los cuadernos y les decía gordas. “Nos juntamos un grupo de 20 apoderados y fuimos a hablar con el director. Como él le bajó el perfil al tema, fuimos al Mineduc, que tomó medidas como fiscalizar al colegio”, cuenta sobre el procedimiento. El caso terminó con la cancelación de la matrícula de la victimaria. Pero Pilar tenía una decisión tomada. “Decidimos sacarla porque queríamos que saliera de ese ambiente donde había sido humillada y porque le perdí la confianza al colegio. Si no vamos al Ministerio, el colegio hace como que nunca pasó nada”.

Un segundo factor para buscar otro colegio es el estado de la víctima. Felipe Lecannelier dice que es momento de actuar drásticamente cuando es evidente que el niño “ya no puede funcionar en el colegio”. Es decir, cuando hablamos de un niño que ha sido diagnosticado con depresión o con niveles de angustia extremos. Pero ojo, también es hora de sacarlo cuando los padres ven que su hijo se ha acostumbrado pasivamente al bullying. “Muchos papás creen que el niño ya se adaptó a la situación, que no lo afecta, pero no es así: es como un zombie, vive en un estado de desesperanza. ‘Nada va a pasar. Ni mis papás me van a ayudar ni el colegio va a hacer nada, así que me entrego’”, agrega el especialista. Lo mismo si un niño llega al caso extremo de un intento de suicidio a causa del bullying escolar.

Para tomar esta decisión, hay que conjugar dos elementos clave: tiempo e intensidad del abuso. Lecannelier asegura que a los niños que les empiezan a hacer bullying en la etapa preescolar, al inicio de la básica o que llevan un par de años de intimidación, ya presentan patrones de daño emocional severo, que pueden tener consecuencias hasta la edad adulta. “Mientras más temprano y más crónico el bullying, tiene efectos más adversos”.

Pero si la experiencia es intensa, poco tiempo puede bastar para llevar a un niño a la desesperación. Jaime Retamal asegura que cuando se produce abuso sicológico incesante, relacionado con lo que el niño es, como su raza o las características de su familia, una semana de insultos basta. Lo mismo dice Lecannelier: “Cuando las experiencias de matonaje son pocas, pero muy intensas, el niño queda traumado”. Esto es particularmente visible en el ciberbullying, que tiene la habilidad de penetrar todos los aspectos de la vida del niño.

Entonces, si se opta por este último recurso, los papás deben hacerse una pregunta: ¿Cuál es el escenario ideal que tengo en mente? “Estás suponiendo que los niños se van a encontrar con un escenario mejor si lo cambias de colegio. Y a veces no es que el niño sea vulnerable de por sí: tiene que ver qué tan vulnerable queda tu hijo en el colegio en que está de acuerdo a sus características”, explica el sicólogo, Christian Berger. “Hay colegio para cada niño y uno tiene que buscar un colegio que esté alineado con el proyecto educativo y en que tu hijo se sienta cómodo”, concluye.


Cómo reconocer el bullying

Algunas características de los niños bullyineados, según el portal EducarChile:

* Si frecuentemente llega a la casa con la ropa “tironeada” o rasgada.

* Si deja de ver a los que decía que eran sus amigos y pasa muchas horas en la casa solo.

* Si manifiesta cambios temperamentales y de humor sin causa aparente.

* Si evita salir solo de la casa o abandona sin razón actividades que antes le gustaban.

* Si manifiesta cambios en los hábitos de dormir y de comer.

* Si ha perdido interés en juegos, pasatiempos y otras distracciones.

* Si muestra más dificultad de la habitual para concentrarse.

Qué se le puede exigir al colegio

Según Pablo Ugarte, sicólogo especialista en escolares, los padres pueden exigirle al establecimiento:

* Que recopile todos los antecedentes para iniciar la evaluación.

* Que constituya el Comité de la Sana Convivencia.

* Que converse con las personas vinculadas al caso para determinar las características del bullying (incipiente o crónico, por ejemplo).

* Que hable con la(s) víctima(s) y victimario(s) para detectar falsos testimonios y el contexto familiar del abusador.

* Que se intervenga el curso donde se generó el caso.

* Que se cumpla el reglamento del colegio, que debe establecer claramente qué hacer en estos casos.

* Que haya una reparación de los victimarios a la víctima.

Cómo ayudar a evitar el bullying

Los niños que sufren bullying generalmente son regalones o con pocas habilidades sociales. Los abusadores reconocen estas características. Estas son algunas pautas que la familia debe trabajar:

* Darles seguridad: hacerles ver que los padres siempre estarán ahí.

* Vincularlos a actividades que aumenten su autoconfianza, como asumir responsabilidades.

* Instalar el tema: debe hablarse claramente del abuso.

* No presionar: si el niño ve tensión en el ambiente, no querrá contar lo que realmente sucede.

* No hacerlo sentir como el “pobrecito”. La idea es que adquiera herramientas para enfrentar el abuso.

* Hacerlo participar en talleres o cursos donde pueda ejercitar su expresión oral y corporal.

Los tipos de padres

No todos enfrentan de la misma forma el que un hijo sea víctima de bullying. Hay tres tipos:

1.- Padres que niegan: son los que tienen y piden a sus hijos una personalidad fuerte. “Hay papás que no actúan, porque le bajan el perfil: ‘no es para tanto’, ‘en mi tiempo esto era una broma’. Claro, a lo mejor no pasaba nada para él, que no era receptor de esas tallas”, dice el sicólogo Pablo Ugarte.

2.- Padres aprehensivos: para ellos, todo es bullying y lo más fácil es ver a su hijo como víctima. A la larga, pierden credibilidad en el colegio y avergüenzan a los hijos.

3.- Padres moderados: son el punto medio. Están atentos a las señales que dan sus hijos. Y frente a la angustia de un hijo víctima, buscan redes de apoyo y soluciones integrales con el colegio.

FUENTE:latercera.com

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